Nadie nace odiando el cuerpo. No es algo instintivo, ni natural.
Este odio se construye. A veces a partir de comentarios de personas importantes para nosotros. Otras veces, por experiencias que pasamos cuando más vulnerables somos. O incluso por miradas de extraños que nos hacen pensar que necesitamos algo diferente para encajar.
Algunas personas empiezan a odiar su cuerpo en la infancia. Otras, en su adolescencia, o con cambios que ocurren en su vida adulta.
Sea como sea, el rechazo hacia tu cuerpo no es algo que haya nacido contigo, lo aprendiste. Y puede que, sin darte cuenta, te hayas terminado creyendo esa historia que llevas años contándote.
Hablemos sobre ello.
Las primeras veces que nos mirarnos desde fuera
Algunas personas no pueden ubicar exactamente los momentos concretos en los que empezaron a cuestionar su apariencia, pero casi todas pueden recordar comentarios, aparentemente inocentes, del tipo:
- “No comas tanto…”
- “Hasta que no te termines el plato no te levantas de la mesa”
- “Qué gordita estás”
- “Te he traído esta sudadera pero no estoy segura de si te va a entrar…”
Las personas que hacen este tipo de comentarios no lo hacen a sabiendas del impacto que pueden tener en ti. Sin embargo, son las que hacen que empieces a mirarte desde fuera. A evaluarte. A compararte. A intentar encajar… Y con todo ello, nace la desconexión.
Con el tiempo, esa desconexión va creciendo. El cuerpo deja de ser un espacio que habitas y pasa a ser una especie de objeto ajeno a ti. Algo que tienes que corregir y mejorar si quieres ser feliz.
Y es ahí donde muchas personas empiezan a desarrollar una relación cada vez más tensa con la comida, con el espejo, con todo lo que implica su aspecto, y en esencia, con ellas mismas.
Aparecen bucles de restricciones, exceso de ejercicio, distorsión de la imagen, algunas veces disociación… Hasta que, por decirlo de alguna manera, tú dejas de ser tú. Eres como una especie de actor secundario en tu propia historia, tratando de cambiar lo que haga falta para poder recuperar el control. Y mientras tanto, permaneces a la espera.
En consulta, esto aparece muchas veces con frases como: “No me reconozco en el espejo.”
Y este concepto básicamente es porque no estás viendo tu cuerpo tal cual es, estás viendo la herida a través de él.
No es solo peso o forma. Detrás hay vergüenza, miedo, sentimiento de inferioridad, necesidad de encajar, autoexigencia y un largo etc.
Por eso, intentar “mejorar el cuerpo” no soluciona el problema. Porque si te das cuenta, el problema no está en el cuerpo. Está en todo lo que significa en este momento para ti.
La base está en no forzarte a gustarte (al menos al principio)
En redes sociales veo constantemente el concepto de “gustarte” tal y como eres, de amor propio y de quererte. Y sí, es bonito y la meta final, por supuesto, pero muchas veces no es el punto de partida.
Si llevas años luchando contra ti y rechazando tu cuerpo, es irrealista que pases de odiarlo a amarlo por arte de magia.
Por eso este tipo de mensajes terminan generando frustración y más comparación porque “otras personas pueden pero tú no”.
Desde mi experiencia, sanar está en no forzarte a gustarte, sino empezar por:
- Aprender a dejar de atacarte y autoboicotearte.
- Dejar de pensar que necesitas un cambio para merecer respeto (empezando por el que te das tú).
- Relacionarte con tu cuerpo desde un lugar más neutro. No se trata de adorarlo, sino de dejar de tratarlo como un enemigo.
Y sobre todo, tener paciencia y compasión. Un consejo que puedo darte desde aquí para empezar a sanar esas heridas es mirar hacia atrás, pero no para quedarte ahí, sino para preguntarte:
- ¿Qué he aprendido sobre mi cuerpo durante todos estos años?
- ¿De dónde viene realmente esa voz que me critica?
- ¿Qué estoy intentando conseguir cuando quiero cambiar mi cuerpo?
Muchas veces, el odio hacia el cuerpo es solo la punta del iceberg. Debajo aparecen un montón de heridas que provocan inseguridad, miedo, necesidad de aprobación y sensación de no ser suficiente.
Por eso, cuando le das luz a toda esta información, empiezas a darte cuenta de que tu cuerpo no era el problema y nunca lo fue, sino que era el lugar desde el que has estado proyectando todo lo que dolía.
La felicidad no está detrás del cuerpo con el que sueñas
Si llevas años persiguiendo una talla o un peso concreto y pensando que para entonces serás feliz, déjame decirte que quizá no será así.
La felicidad llegará cuando puedas habitarte con respeto y autocompasión, y cuando lo que dice la báscula no te defina, ni tampoco te destruya, simplemente se convierta en un dato.
Llegará cuando sepas que puedes vivir en tu cuerpo sin querer escapar a toda costa, y que tu aspecto ya no es el centro de todo.
Si hoy sientes rechazo hacia tu cuerpo, quiero que te quedes con esto: no es algo que hayas elegido, pero sí es algo que puedes transformar.
E insisto, esto no se consigue desde el “tengo que quererme” a la fuerza, sino desde la comprensión de tu historia.
Porque cuando entiendes de dónde viene todo ese dolor, empiezas a construir una nueva historia. Una más llevadera. Más real. Más amable.
Llegados a este punto, es normal que aparezca una pregunta:
Vale, pero ¿qué hago con esto?
Sanar no es darle a un botón y que haga un clic, ojalá fuera así de fácil. Es un trabajo diario con el que tienes que aprender a relacionarte contigo de otra manera, con pequeños gestos que repetidamente marcarán la diferencia.
Por ejemplo, la próxima vez que te mires al espejo y aparezca ese juicio inmediato, no intentes cambiarlo por algo positivo. Solo pregúntate: “¿Esto que estoy pensando es realmente mío o lo aprendí en algún momento?”
Otra práctica sencilla pero efectiva es la de observar sin reaccionar. Sentir “no me gusto hoy” no tiene por qué terminar en restricción, castigo o exigencia. Lo observas, y continuas sin reacción alguna.
También te puede venir muy bien empezar tratarte como tratarías a alguien a quien quieres. Puedes empezar por algo tan sencillo no decirte cosas que jamás le dirías a alguien importante para ti.
Y sobre todo, recordar que mereces habitar un cuerpo que es visto y tratado con amor. Sé que la teoría es mucho más fácil que la práctica, pero empezando a ser consciente de ello estás dando un paso mucho más grande de lo que imaginas.
Espero que todo esto te resulte útil para empezar a mirarte con otros ojos.
