Trabajas, estudias, sales con tus amigos, cumples con tus obligaciones… pero por dentro, nada va bien. Te mueves en tu día a día sin aparente dificultad, como si estuviera todo bajo control y tu rutina fuese suficiente para sostenerte.
Pero en realidad, más que funcionando, estás sobreviviendo.
Hay personas que viven con un TCA durante años y nadie se da cuenta. Ni sus familiares, ni sus amigos, ni sus compañeros de trabajo, incluso a veces ni su pareja.
Y no porque no haya señales, o porque no duela. Simplemente, porque son personas que han aprendido a funcionar mientras se rompen por dentro. Han aprendido a sonreír aunque su cabeza no pare, han aprendido a hablar de todo menos de lo que les pasa, saben cómo apagar fuegos internos sin que nadie se de cuenta de nada.
Si no se nota, ¿es tan grave?
Si piensas en alguien con TCA, puede que te llegue a la cabeza una persona con un cuerpo muy delgado, o visiblemente frágil, incapaz de llevar una vida “normal”… Pero la realidad es muchísimo más compleja.
Y es que hay miles de personas conviviendo con un TCA sin que su cuerpo lo refleje externamente. De hecho, comen delante de los demás, sonríen, rinden… Pero en soledad, restringen, castigan, compensan, se odian y se prometen siempre que mañana lo harán mejor.
Todo mientras nadie sospecha. Porque han aprendido hacerlo mientras aparentan una vida completamente normal.
Pero por muy “normal” que parezca su vida, la guerra interna diaria está ahí. Y es que nadie ve el esfuerzo titánico que supone seguir funcionando con todo eso dentro dando vueltas.
Si te identificas con esto, posiblemente seas ese tipo de persona que sigue adelante con sus obligaciones diarias mientras lidia con pensamientos del tipo:
- “¿Cuántas calorías llevo hoy?”
- “No debería haber cenado”
- “Mañana empiezo en serio otra vez”
- “El lunes sesión doble de gimnasio pase lo que pase”
- “Hoy me aguanto el hambre para compensar lo del sábado”
- “No tengo hambre, ¿o sí? Bueno, da igual, aguanto hasta mañana”
- “Mañana compenso. Hoy, lo necesito…”
Estos pensamientos no son simples ideas que rondan por tu cabeza, son cadenas mentales. Cadenas que no solo te atan, también te agotan.
La trampa es que, mientras todo parece estar bien desde fuera, tú te estás desconectando de la realidad. La comida es tu enemigo, las emociones, un ruido que hay que silenciar. Y tu cuerpo es una especie de proyecto fallido que cada vez te cuesta más controlar.
Y la mente va aguantando, hasta que llega un punto que colapsa. El cuerpo resiste, hasta que empieza a tambalearse. Y ese momento puede llegar de muchas maneras:
- Con un atracón que te deja temblando.
- Una crisis de ansiedad que aparece de pronto.
- Un llanto que no puedes contener.
- Una parálisis por agotamiento que nunca habías sentido.
- Un miedo irrefrenable hacia el futuro.
Porque no, no se puede vivir eternamente sosteniendo una vida por fuera que no tiene nada que ver con lo que pasa dentro. Y esa máscara, pintada de funcionalidad, tarde o temprano cae.
¿Sientes que no estás lo “suficientemente mal”?
El creer que no estás tan mal como para considerar que tienes un problema, ya sea porque tu cuerpo no se ve afectado o porque mentalmente crees que lo tienes controlado, es uno de los peligros más grandes que hay cuando hablamos de TCA.
Por mucho que pienses ahora lo contrario, tu lucha es real, aunque nadie lo note y aunque tú le quites importancia.
Un TCA no se mide en kilos ni en conductas extremas, se mide en la cantidad de espacio mental y emocional que ocupa en tu vida.
Por eso, cuando la comida y el control hacia ella se convierten en el centro de tu vida, es el momento de mirar hacia dentro. En primer lugar, para poder exteriorizar. En segundo lugar, para dejar de sostener todo eso haciendo malabares imposibles, y recibir apoyo. Porque lo mereces, aunque desde fuera todo parece que “está bien”.
Tener un TCA y seguir funcionando no te hace más fuerte, lo que hace es aislarte. Y tú no estás aquí para vivir así, estás para ser libre. Para quitarte la armadura, habitarte con respeto y confiar ciegamente en ti.
No tienes que quedarte ahí, hay otra forma de vivir. Y esa forma empieza por dejar que alguien te vea de verdad. Si quieres apoyo en este proceso, escríbeme.
