Estarás de acuerdo conmigo en que hay un momento del día especialmente delicado: la noche.
Ese momento en el que todo empieza a parar, las distracciones se pausan, el cuerpo y la mente están cansados… Y en tu cabeza empieza a sonar un ruido. Un monólogo mental que te dice:
“Hoy lo he hecho fatal”
“No tenía que haber cenado eso”
“Mañana lo compenso”
“Soy un desastre, siempre igual”
Tanto si estás en un tratamiento de TCA como si no, este patrón suele aparecer con bastante frecuencia. De hecho, puede que te identifiques mucho con él.
A mí me recuerda a una especie de ritual nocturno en el que desesperadamente tratamos de recuperar de alguna forma el control. Y lo curioso es que no lo hacemos cuestionando en sí lo que se ha comido, sino lo que representa esa comida, es decir, nos reflejamos en la debilidad, el miedo a engordar, la supuesta falta de disciplina…
Tras ese monólogo, aparece la culpa. Y con ella, la necesidad de castigarse, como si esa fuera la forma correcta de terminar el día.
Para tu mente, ese pensamiento tiene algo seductor. Promete orden. Promete reencauzarte y volver al plan.
Pero con el tiempo, esas promesas se convierten en una trampa. Básicamente, porque son ideas que no se basan en el autocuidado, sino en culpabilizarte y pagar por ello. Y esto al final te mete en un ciclo de:
Cupla -> promesa -> restricción -> desbordamiento -> culpa
Y vuelta a empezar. Un bucle infinito que desgasta a cualquiera. Y es que, ¿cuánto tiempo crees que puedes seguir con la sensación constante de estar fallándote?
Pensamientos intrusivos vs. preocupaciones
Los pensamientos intrusivos no son simplemente preocupaciones. Son tan insistentes y repetitivos que muchas veces llegan a ser agresivos.
Se repiten una y otra vez aunque no quieras. Te hacen dudar de todo, de ti, de tus decisiones, de tu capacidad y de cualquier cosa que hagas.
En personas con TCA, estos pensamientos suelen girar en torno a la comida, al peso, al cuerpo y al control. Pero si miramos más allá, podemos ver que nos hablan de miedo al rechazo, necesidad de validación, autoexigencia y perfeccionismo.
Si algo he aprendido en consulta es que la lucha contra estos pensamientos no es un buen plan. Si intentas silenciarlos, terminan intensificándose.
Lo que sí es buena idea es empezar a cuestionar la lógica que hay detrás. Ante estos pensamientos intrusivos, pregúntate:
- ¿Quién decide qué está bien y qué está mal?
- ¿Cuidarme significa castigarme?
- ¿De verdad tiene que ser todo perfecto para funcionar?
Cuando te empiezas a cuestionar lo que piensas, te das cuenta que para evolucionar no necesitas hacer días perfectos, ni clasificarlo todo como bueno o malo. Los pensamientos no son mandatos, ni la culpa una brújula fiable.
Por todo ello, te propongo cambiar la pregunta. En lugar de pensar: “¿cómo empiezo mejor mañana?”, pregúntate: ¿qué puedo hacer para terminar mi día con más amabilidad hacia mí?”.
A veces, la recuperación empieza en ese punto. No el lunes. No en la compensación. Empieza eligiendo no hacerte más daño después de un día difícil.
Puede que te parezca algo pequeño, pero créeme que es un cambio enorme. No necesitas hacerlo todo perfecto, necesitas aprender a manejar tus emociones en los días reales, con sus problemas, sus momentos buenos, sus preocupaciones y sus momentos de calma.
Ahí está la clave. Si lo piensas por un momento, verás que tiene sentido.
El problema no es lo que has comido hoy. Nunca lo fue. El problema llega por cómo te hablas después.
Si esta noche vuelven los pensamientos, recuerda esto. Elige comprenderte, en lugar de castigarte. Reconcíliate contigo, deja de pelearte, y reconoce que has aprendido, has hecho lo que has podido y mañana podrás seguir intentándolo, pero sin castigo.
Esos pequeños actos de compasión, repetidos muchas veces, se tratan de una de las cosas más valientes que puedes hacer. Espero que te ayude esta reflexión y recuerda, si quieres acompañamiento personalizado, puedes contar conmigo.


Deja una respuesta